
Cementerio Yakuza (Yakuza Graveyard), de Kinji Fukasaku, narra la historia de un camarero (Rikuo Ishimatsu) que salva la vida de un jefe de la mafia japonesa. Este sujeto adquiere prestigio dentro de la organización criminal en base a su delicado arte de matar.
La película tiene un ritmo irregular, que lo compensa su potencia visual. Algunos pueden criticar su inverosimilitud sanguínea. En algunas escenas, la sangre fluye como cascada, lo que es más propio del gore que de los yakuzas.
Lo que podemos analizar del film es que las decisiones importantes en la vida se toman en una milésima de segundo. Los errores siempre se pagan. El problema es que el error de un yakuza siempre termina en sangre. La cultura occidental, por su influencia cristiana, tiene la tendencia a perdonar los errores. Si algo podemos visualizar de este film es que ante la equivocación no hay absolución, mutilación o muerte son las salidas. Rikuo Ishimatsu entiende la vida como un depredador, sólo sobrevive el que mata. Su problema es ser un animal en un túnel vertical cuyas paredes son de aceite. Sus garras asesinas, sicóticas y despiadadas son lo único que no lo deja caer en las llamas de la locura.
Lamentablemente, como muchos acontecimientos de la vida, un pequeño suceso genera la desgracia. Un dolor de muela del jefe desencadena la brutalidad. Una simple muela mandó a un sujeto directo al infierno, sin retorno. El pasaje al averno siempre es sólo de ida. El diablo no vende pasajes al cielo. Un film digno de ver.

Me dieron ganas de puro ver la pelicula.